CARACTER PEDAGOGICO DE LAS SAGRADAS IMAGENES EN LA IGLESIA

 
CARACTER PEDAGOGICO DE LAS SAGRADAS IMAGENES EN LA IGLESIA |
 
CARACTER PEDAGOGICO DE LAS SAGRADAS IMAGENES EN LA IGLESIA
 
 
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Las imágenes en la Iglesia nacen y se desarrollan en un contexto de polémicas de aquellos que las niegan y aquellos que las defienden. Por la necesidad de legitimarse en relación a quien las niega, da vida a una elaboración teórica que para el entonces era desconocida aún para la filosofía griega. Por lo menos dos son los obstáculos a los cuales tiene que enfrentar.


El primero es la tradición hebrea que prohibía taxativamente cualquier representación de la divinidad por parte del hombre en forma de materia, convirtiéndose en una sociedad con una tradición iconoclasta de acuerdo con lo que dice el Segundo Mandamiento de “no te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las adorarás, porque yo soy Yahvé tu Dios” (Ex 20, 4-5).


Pero no es que el pueblo de Israel fuera expropiado de imágenes, ya que encontramos querubines que eran colocados en la tapa del Arca de la Alianza. También existían una gama de antropomorfismos que hacían parte de la decoración del templo junto con palmeras, flores y animales. Además, Dios mismo proporcionó las pautas de cómo se debía decorar el templo, cuáles deberían ser sus dimensiones, los materiales a utilizar, las figuras a representar y su puesto en el sistema decorativo (cf. 1Re 6,20-22).

La primitiva comunidad cristiana tomó distancia de la prohibición veterotestamentaria que encontramos en la tradición judía (cf. Ex 20,4-5; Dt 4,15-18) y prendió el rumbo hacia una representación visiva de las imágenes, evitando con esto de caer en la idolatría pagana. El evento inaugural lo hizo Jesús asumiendo la condición humana haciéndose hombre (cf. Fil 2,7). Este evento toca el corazón de los cristianos ya que inscribe de una vez para siempre la noción de imagen de Dios. Jesús es imagen del Padre; “Quien me ve a mi ve al Padre” (Jn 14,19).


En el segundo obstáculo, encontramos la cultura del imperio romano. Recordemos que el cristianismo nace en el ambiente cultural judaico, en el gran marco de la cultura helenística. Los primeros cristianos, que viven en las ciudades, topándose de continuo con el confuso y omnipresente mundo del panteón grecorromano, se han formado en el respeto al Segundo Mandamiento del Decálogo, en la necesidad de afirmar un único Dios espiritual y trascendente. A ello se une la triste experiencia de tanta sangre derramada por no quemar unos granos de incienso ante la efigie del Emperador, autodivinizado. En esta cultura grecorromana se realizaban estatuas de la más rica variedad de divinidades que ellos tenían.

Los cristianos de los primeros siglos no descartan los símbolos e imágenes de la cultura helenista, sino que utilizan muchas de esas imágenes y signos como símbolos de pertenencia al grupo cristiano y posteriormente de desarrollo teológico de algunos temas centrales del Evangelio. En las catacumbas se puede apreciar un arte funeraria interpretada en clave cristológica y eclesiológica. A inicios del siglo IV algunas pinturas como el Buen Pastor fueron acuñadas de la cultura pagana a aquella cristiana.

El espacio en el que se encontraban los primeros cristianos era estrecho. Cuando surge el problema de la iconografía en la cultura cristiana, enseguida se centra el debate en la posibilidad o no de la representación por medio de los colores y las obras artísticas de la “imagen de Dios”.


Las imágenes entran en los lugares sagrados sobre todo con una función pedagógico-catequética, legitimándose como instrumentos en grado de narrar el Evangelio de manera plástica, pero su principal objetivo no será solamente su valor narrativo, ni la función estética de embellecimiento de los templos, sino la presunción revelativa que la imagen tiene en el momento que se convierte en canal de comunicación entre el divino y el humano.

El debate sobre la legitimidad y pertinencia o no de las imágenes se convierte en central e importante, a tal punto que no solamente es un problema de los primeros siglos del cristianismo. Después de la paz de la Iglesia con el decreto de Milán en el 313, la religión cristiana se convierte en religión del imperio. Su culto se extiende con el pasar del tiempo por varias partes y se utilizan las imágenes como instrumento pedagógico para la transmisión efectiva del Evangelio para los creyentes que no tenían las condiciones académicas de leer. Algunos obispos de la época al ver estas sagradas imágenes colgadas en las puertas de los templos, las rompen porque temen que el pueblo creyente pueda caer en la idolatría. Otros por el contrario las defienden y aconsejan buscar buenos pintores para representar en las paredes los relatos bíblicos más importantes de la Historia de la Salvación: tal es el caso de Paulino de Nola y Gregorio Magno.


El objeto del presente trabajo sobre el “Carácter Pedagógico de las Imágenes Sagradas en la Iglesia” es exponer el punto de vista de la teología: reflexionar sobre las raíces teológicas de la imagen, su licitud respecto a las posiciones iconoclastas desde sus inicios hasta el II Concilio de Nicea, su ser y su funcionalidad pedagógico-catequética. Un interés más por esta temática nace de un contexto latinoamericano donde la cultura figurativa todavía hoy es punto de referencia para nuestra sociedad. Otra motivación muy personal sobre la temática que trataré se desprende del contexto socio-religioso que está viviendo especialmente nuestro continente Americano, en donde están proliferando con grande facilidad las sectas así llamadas “evangélicas”, las cuales atacan la fe de los creyentes católicos acusándolos de idólatras en el momento que veneran las sagradas imágenes. Creo oportuno poder profundizar en el meollo del problema para poder afirmar que las imágenes sagradas siempre han existido en la historia de la Iglesia y han estado de la mano con la Escritura. Esas, ilustran de manera plástica grandes contenidos doctrinales de nuestra fe. El culto que la Iglesia les ofrece siempre ha sido de veneración, pues ésta sabe que a Dios es el único que se debe prestar un culto de adoración.

En mi investigación encontraremos un preámbulo sobre el arte y su posterior relación con la fe cristiana. Centraremos nuestra atención en el arte paleocristiano y su riqueza simbólica e iconografía contenida en la casa eclesial de Dura Europos, en las catacumbas, sarcófagos y mosaicos. Veremos algunos elementos comunes entre las imágenes de Oriente y Occidente dentro de la iconografía pre e postconstantiniana. Para finalizar este preámbulo veremos la etimología de la palabra “imagen”, las clases de imágenes, los símbolos cristianos, para llegar a las sagradas imágenes y el culto que la Iglesia les atribuye.
El cuerpo de este trabajo esta dividido en cuatro capítulos. En el primero veremos la iconografía cristiana, haciendo un paseo bíblico tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento para confrontar su verdadera natura y ser en la Iglesia. En el segundo miramos las sagradas imágenes en los primeros siglos del cristianismo: desde su tímida aparición en las catacumbas hasta un intervento que hizo la Iglesia en el Concilio de Elvira. La resistencia por las imágenes está en que se deben de colocar límites a los sistemas de expresión visiva para evitar los abusos que se pueden cometer en el culto. En el tercer capitulo encontramos las diversas posiciones de los Padres de la Iglesia que han intervenido sobre el rol pedagógico catequético de las imágenes. Ellos ponen el acento en el rechazo a la idolatría. Encontramos dos visiones: aquellos que son hostiles y aquellos que las favorecen e invitan a representarlas en los templos. Los Padres concuerdan que las imágenes son solo instrumentos de acceso al trascendente y lo que los separa es el celo pastoral de lo que se podría convertir en ídolo en vez de ser prototipo de lo que se representa. Entre los Padres que atacaron fuertemente a los iconoclastas se destaca Juan Damasceno, quien fue condenado en el conciliábulo de Hieria del 754. Para terminar con el cuarto capitulo centraremos nuestra atención en el II concilio de Nicea que definió la doctrina sobre el rol de las imágenes en la fe cristiana y el culto de veneración que se les puede ofrecer. Las decisiones que fueron tomadas en Nicea no fueron acogidas por parte de la Iglesia francesa en la época de Carlomagno, quien convocó un sínodo a Frankfurt en el cual declararon que no aceptaban las definiciones dogmáticas del Niceno II.


ALEXANDER RAVELO VEGA
ciclochan@hotmail.com

Librería Espiritual
Quito
 
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